Transcribo aquí (y de paso les invito a seguir ese portal informativo, que esta muy por encima de la media en cuanto a calidad en el mundo de la prensa digital) el artículo en cuestión, que permite conocer a la persona:
Javier vino unos días, cargó las pilas y volvió a Ruanda. Allí le esperaban las mayores matanzas de esa década. Los hutus y los tutsis se mataban a machetazos: morían niños, mujeres, ancianos, monjas, sacerdotes, soldados de la ONU, familias y tribus. Se calcula que perdieron la vida entre 800.000 y un millón de personas en menos de un año de la forma más salvaje. Los enviados especiales decían que nunca habían visto tantos muertos y tantas mutilaciones. A veces, alguna de las dos etnias encerraba a un grupo de mujeres y niños en iglesias y les prendían fuego. Antes, las violaban. Fueron unos meses horribles.
Javier trabajó sin descanso todos los días y las noches. No pidió ‘librar’ en los fines de semana. Quería contar esas terribles historias.
Después de aquella conversación telefónica, en la que un enviado especial ni lloraba ni se lamentaba de su esfuerzo, me quedó la idea de que los periodistas se podrían dividir en dos clases: los que se quejan y los que no se quejan.
En 1999 la guerrilla de Sierra Leona secuestró a Javier. No supimos nada de él durante varios días. Un día levanté el teléfono y escuché a Javier:
-Hola.
Me contó que estaba bien de salud, que había estado en la base de los guerrilleros, y que como era una antigua fábrica de cerveza y por la zona no había agua potable, se la pasaban todo el día borrachos porque no había otro líquido. Javier incluido. Se echó a reír.
Dado que Javier estaba tan pancho, nos dimos cuenta de que eso podía ser catastrófico cuando lo contase en las emisoras de radio y los canales de televisión que nos pedían declaraciones urgentes “del periodista de El Mundoque se ha librado de morir a manos de la guerrilla de Sierra Leona”.
“Javier -le rogué-, cuando te pongamos ahora con Nieves Herrero, por favor, dramatiza. Di que lo has pasado muy mal, que has corrido un peligro enorme, que la guerrilla quería cortarte en trocitos y hacer cocido”. Entonces, Javier se enfadaba: ”Aquí los únicos que corren peligro son las monjitas y los misioneros. Yo no soy héroe ni nada. Ellos sí”.
No me hizo mucho caso.
Javier es de esos tipos que cuando visita la redacción, hace sentir extraños a los que trabajamos en las oficinas. Comparada con su vida, nuestra misión es tan burguesa y cómoda…: unas horitas de mesa, un poco de ji-ji-ja-ja, y por la noche, sopita caliente en casa. Pero quejándonos de “lo duro que ha sido el día de hoy”.
Javier ha estado en muchas guerras. Sale de una y entra en otra. Pero cuando va a enviar su crónica, no emite ni una sola queja del peligro, de los problemas, de los robos, de las amenazas…
Por eso, cuando escuché que El Mundo le había perdido la pista en Siria, no me asusté. “Ya aparecerá por ahí, medio sucio pero vivo y sonriente. Y ni siquiera se quejará”.
Periodistas como estos, que viven como viven y se juegan lo que se juegan para que nos llegue la información real y veraz de lo que pasa en el mundo, demuestran que de las Facultades de Ciencias de la Información salen más cosas que divulgadores de Salvames o contertulios gritones para la TDT Party…, también se forman Periodistas con mayúsculas.